29.12.10

En pequeñito.

Imagina que llegas a casa, después de un horrible día de trabajo. y encuentras este post-it en tu nevera:

Los cinco minutos más que retraso el despertador cada mañana, las últimas cucharadas del bote de Nesquik, la escena del beso de "My blueberry nights", esa ducha de agua caliente cuando sé que llego tarde, el olor a palomitas recién hechas, dormir con sábanas recién planchadas, encontrar una de mis horquillas en tu pantalón, un cucurucho de castañas de la abuelita molona de Colón, oír un "qué guapa estás" en chándal y zapatillas, compartir el café de las 8:45... Y esas jodidas mariposas que se empeñan en llegar al estómago por los pies.

Porque a veces, hasta las cosas más grandes, pueden hacerse pequeñitas (si se resumen como Dios manda).

28.12.10

Hipotéticas suposiciones de un anciano con obesidad.

Odio la navidad. Pero no un odio del tipo "me quiero sumar a la mayoría de progres que dicen que odian la navidad por ir de modernos", sino un odio del tipo "se supone que estas fechas son para disfrutar de la familia más aún si cabe ergo, si mi familia lleva dos años incompleta, me puedo cagar en la navidad mil veces".
No obstante, tenía bastantes esperanzas puestas en estos días... Especialmente, en "eso" que ronda en el aire y que te lleva irremediablemente a querer ver Love Actually a todas horas. No quería regalos, tan sólo me conformaba con que viniese a buscarme la sonrisa más larga del mundo, y me hiciese volver a creer en unos días que supuestamente tienen que ser bonitos, pero despacito... Nada de correr.
Nunca he sido de Papá Noel. No obstante, el otro día llegó un paquete a mi puerta, con una carta suya (supe que era suya porque tenía esa caligrafía bailonga, como de abuelito adorable, y aún tenía restos de nieve finlandesa). Dudando de si mi petición podía caber en aquella caja de zapatos, lo abrí. Dentro había una boina, y la nota decía: "No me puedo creer que seas casi actriz y no tengas boina. Los proyectos de actores sois muy bohemios y ya era hora de que hubiese una boina en tu armario, que es muy de ese estilo". Lo segundo más bonito que me habían dicho en pocos días.

22.12.10

Tal cual.

Es una tarde de domingo en la que podría ser cualquier restaurante del centro: fuera está nevando, mientras Laura y Pablo "comparten" una pizza de pepperoni con extra de queso (lo pongo entre comillas porque Laura está nerviosa, y cuando está muy nerviosa le da por comer, con lo cual... Compartir, lo que se dice compartir... Pues poco).

-Tenemos que hablar.
-¿Qué paaaaaasa, Lauri?
-Es que... Tengo que decirte una cosa pero no sé como decírtela porque no sé si te va a sentar bien.
-¿Cómo que no? Si es por el pizza, no te preocupes, eh. Ni que yo fuera un enfadica de esos, jolín.
-A ver... ¡Pero no frunzas el ceño ya, que no he dicho nada todavía! Bueno... Sí, enfádate un poquitín si quieres, ¡que estás muy guapo!
-¡Laaauri!
-Mmm... A ver... Cómo te lo diría yo... ¿Es que sabes qué pasa? Eres como los agujeros del emmental: pienso que no te necesito, pero si no estás, no es lo mismo... No sé si me entiendes... ¿Qué?
-Que te pases a la mozzarella: no tiene agujeros.
-