13.9.14

Enamorirse.

Enreversarse
es la mejor forma
que se me ocurre de meterse en líos.

Entrar en conflicto
con palabras,
latidos, sílabas,
hiatos
y piel.

Sin importar cuándo
acaba una cosa
y cuándo
empieza otra.

Tratar de llegar
al centro de una espiral
de peligro y ganas
en las que superar el límite de velocidad
está penado
con una condena
en la cárcel de tus manos.

Pero supongo que la libertad
es eso:
correr hasta el callejón sin salida
de unos brazos que te oprimen
tan fuerte
que son capaces de tocarte
el corazón
y hacer que vuelva a funcionar.

Y entonces ves la luz
e intentas ir hacia ella
porque
si sabes que esa luz
tiene nombre y apellidos
el túnel se te hace mucho más corto.

Una muerte
vestida de línea recta,
en la que tú
me esperas
a mitad camino.

Lástima
que yo siempre fui
más paralela que tú...

Y ya sabes lo que dicen
en los libros de matemáticas.

24.8.14

XXXI

Dice que tiene las manos llenas de versos,
los ojos llenos de peros
y su corazón,
cansado,
se ha vuelto bradicárdico.

Le gusta
vivir historias
de las que han escrito otros,
y vaticina finales alternativos
sin nadie
a quien poder contárselos.

Huye de las multitudes
corriendo para adentro,
para que nadie
pueda oler
su miedo de be(r)sar
a quien no debe...
Y copiarla cien veces como castigo.

Hoy le canta Ludovico,
mañana le toca la vida
abriéndose paso en su pecho, mudo,
y pasado igual les cede el honor a tus manos.

Supongo que sólo es cuestión
de remar
-o tal vez rimar-
en consonante
para salvarle
de sus propias aguas.

Pero no es tan fácil
como parece.

7.7.14

De flores y desastres.

Te conocí floreciendo
cuando fuera nevaba
y ahora eres
lo único marchito
de mi primavera.

Supongo 
que dejé de creer
en la meteorología
cuando te saliste
de mis previsiones.

Dentro
ya no me cabe más lluvia
por eso le confío
a mi fértil corazón
llorar tus restos
como quien no quiere la cosa.

Nunca me había visto
tan guapa
como el día en que dejé 
de quererte:
me ricé las pestañas con tu ausencia
y me puse un poco de tu yo
en las mejillas.

Ese yo
-tu recuerdo, para entendernos-
que olía a vida
tras una noche de sexo desastroso,
ese yo 
que nos mantenía vivos
a pesar de los desastres.

Era tan bonito verte triste
sentarme
a observarte las heridas desde la distancia
con el único propósito de curarte
para así 
poder curarme yo también
de dentro hacia fuera
como si de nuestra propia tragedia griega se tratase,
volviendo a nacer desde el epicentro
sin pensar en el perímetro.

Y es que ojalá sea cierto
eso de que las chicas tristes
las que nunca miran hacia el cielo
las que tienen flores en las manos
-y la sensación constante de llegar tarde al mundo-
son las más bonitas.

Por aquello de autoconvencerme, 
más que nada.