7.7.14

De flores y desastres.

Te conocí floreciendo
cuando fuera nevaba
y ahora eres
lo único marchito
de mi primavera.

Supongo 
que dejé de creer
en la meteorología
cuando te saliste
de mis previsiones.

Dentro
ya no me cabe más lluvia
por eso le confío
a mi fértil corazón
llorar tus restos
como quien no quiere la cosa.

Nunca me había visto
tan guapa
como el día en que dejé 
de quererte:
me ricé las pestañas con tu ausencia
y me puse un poco de tu yo
en las mejillas.

Ese yo
-tu recuerdo, para entendernos-
que olía a vida
tras una noche de sexo desastroso,
ese yo 
que nos mantenía vivos
a pesar de los desastres.

Era tan bonito verte triste
sentarme
a observarte las heridas desde la distancia
con el único propósito de curarte
para así 
poder curarme yo también
de dentro hacia fuera
como si de nuestra propia tragedia griega se tratase,
volviendo a nacer desde el epicentro
sin pensar en el perímetro.

Y es que ojalá sea cierto
eso de que las chicas tristes
las que nunca miran hacia el cielo
las que tienen flores en las manos
-y la sensación constante de llegar tarde al mundo-
son las más bonitas.

Por aquello de autoconvencerme, 
más que nada.

2.6.14

3888000 segundos

Equivocarme siempre ha estado entre mis planes:
era contigo con quien no contaba.

(Pablo Benavente)


Yo siempre he sido
del tipo de chicas que pelean
por un falso amor de celuloide,
de pagar a medias la cena en el chino,
de dejarte ganar al Street Fighter
y de pensar que sus camisas te quedan 
mejor que a él.

Quizás por eso
de tanto tropezar con la misma piedra
y dejar que me hiriese
en el mismo sitio,
terminé queriéndola más 
que a mí misma.

Hasta que una noche me pillaste
desprevenida:
borrachos de cerveza y ganas,
no tuvimos más remedio que reescribirnos
para poder optar al Oscar
al mejor guión original.

Volvimos a ser niños tan pronto
como tus manos 
buscaban
mi culo
en el reservado de aquella discoteca pija.

Tú eras el buenazo
al que siempre robaban el almuerzo
en el cole,
y yo la niña de coletas
y uniforme lleno de arrugas
que se hacía la valiente ante los matones
para recuperarlo.

Esa niña a la que dabas
un beso
en la mejilla,
y era incapaz de atender a las clases
de después del recreo.

Esa niña 
que después de haberte tenido cerca
un tiempo,
ya no se fía de nadie.

El tiempo es 
demasiado relativo:
depende de con quién estés,
diez minutos 
pueden ser un siglo.

Por eso, 
supongo que debo darte
las gracias
por haberte ido:
si tengo que comerme la cabeza, 
mejor
echarle la culpa
al vino.





27.5.14

El príncipe.

El príncipe campa a sus anchas
desde Huertas a Malasaña,
dejándose la dignidad
en plena Gran Vía.

Bebe cerveza a morro,
escucha pop deprimente
y todo
lo que sabe de las tías
lo aprendió
viendo "Sexo en Nueva York".

Cuando piensa
que nada puede ir a peor
se encierra en los baños del Vía Láctea
a echar un polvo
con la primera tonta
con vestido de flores que se haya dejado
las bragas en casa.

El príncipe tiene cara de 
"nena, voy a romperte
el corazón
todos los días del resto de tu vida"
y cuerpo de haber ganado
mil guerras
en colchones de dudosa reputación.

Las ganas se le escapan 
por la bragueta,
porque nunca supe 
si tenía más de cantautor
que de problema.

Si le concedo una tregua
al compás de mis hormonas
quizás logre
cagarme en la puta
por no haberle conocido antes.

Yo antes era capaz
de bajar Carretas subida al caballito 
de cualquier desconocido,
de beber tequila sin haber cenado
y de leer a Escandar 
tras cada nuevo fracaso.

Ahora no.

Desde aquella maldita noche
en el Vía Láctea
sigo buscando mi alma
en el culo de cualquier cerveza.

Si la encuentran...
Pueden quedársela: ya no la necesito.