Pongamos que éste es el primer día
de nuestra última oportunidad
para saltar charcos como si nos fuese la vida
para llovernos con el paraguas de tu abrazo
para llorarle a ese miedo que ya se ha cansado
de ser hijo único.
Tienes unas manos perfectamente diseñadas
para fundirnos con cada una de las farolas de Gran Vía
cuando la noche se viste de largo
y sólo nos interrumpe el sonido de mis peros.
Nunca he sido chica de excusas
no tengo porqué darte explicaciones
son esa clase de gilipolleces que se hacen
para impresionar... En este caso impresionarte.
Y de paso cagarla la mayoría de las veces.
Hace frío y no llevas chaqueta
supongo que te la habrás dejado en el último garito
pero tu orgullo idiota te impide admitir
que quizás la tomó prestada algún machito aún más idiota que tú.
Te brillan los ojos
y creo que los tienes más grandes que nunca
porque esconden tantas ganas y verdad
que ya no sé si son tuyas, mías
o es que aún voy un poco ciega.
Pasamos por delante de una pizzería 24h
y antes de que pueda ni siquiera hablar
ya has pedido por mí
y cómo me encanta saber que no has olvidado
que odio el roquefort.
Bien por ti
porque no hubiese querido
tener que mandarte a tomar por culo
después de cuatro gin-tonics
no sé cuántos versos
y muchas ganas de pedirte que
subas a casa a tomarte el último.
Sé que es esa maldita cara que tienes
de conato de Big-Bang emocional
que da ganas de quererte hasta el último día
y aísla el miedo a la pérdida.
-Por inminente que sea-.
3.3.14
13.2.14
Romanticidio con premeditación y alevosía
En el cenicero he visto
una armonía de colillas a medio terminar
y es inútil que te empeñes
en esconder
ese posible rastro de carmín
cuando sabes que yo no gasto de eso.
Pero bueno.
Al estilo de Rubén Darío,
"bajo el ala aleve del leve abanico"
sé esconder mi mirada de chica valiente
para seguir haciéndote creer
que dejaré que vengas a salvarme
cuando a ti te salga de las pelotas.
Porque eso de los superhéroes
sólo funciona en los cómics.
Ninguna mujer
en su sano juicio debería
sentirse protegida
por un hombre en mallas.
Y es que
en caso de peligro
te sale más a cuenta
lanzarte cuesta abajo por una espalda
sin frenos
ni apellido siquiera
que lidiar con un alguien
a quien se le haga cuesta arriba
llegar a tus bragas sin GPS...
Porque para acabar
con el corazón hundido en el asfalto
-y derramando versos por los bordes de la carretera-
no me hace falta la ayuda de nadie.
Me corro yo solita.
una armonía de colillas a medio terminar
y es inútil que te empeñes
en esconder
ese posible rastro de carmín
cuando sabes que yo no gasto de eso.
Pero bueno.
Al estilo de Rubén Darío,
"bajo el ala aleve del leve abanico"
sé esconder mi mirada de chica valiente
para seguir haciéndote creer
que dejaré que vengas a salvarme
cuando a ti te salga de las pelotas.
Porque eso de los superhéroes
sólo funciona en los cómics.
Ninguna mujer
en su sano juicio debería
sentirse protegida
por un hombre en mallas.
Y es que
en caso de peligro
te sale más a cuenta
lanzarte cuesta abajo por una espalda
sin frenos
ni apellido siquiera
que lidiar con un alguien
a quien se le haga cuesta arriba
llegar a tus bragas sin GPS...
Porque para acabar
con el corazón hundido en el asfalto
-y derramando versos por los bordes de la carretera-
no me hace falta la ayuda de nadie.
Me corro yo solita.
4.2.14
El chico que escupía versos cuando todos duermen.
El chico que escupía versos
cuando todos duermen
posee esa insensatez
digna de quien cruza
cuando el semáforo está en rojo.
Sus promesas no riman
tiene unas manos
por las que te dejarías
encabalgar
a golpe de metáfora
y huele a soneto
como nunca
antes
lo había hecho nadie.
El chico que escupía versos
cuando todos duermen
necesita de alguna sonrisa
con la melena al viento
que le sirva de nexo
para librarse
de un asíndeton
en el que nunca pidió caer.
Harto de que sus rodillas cuenten
la historia
que se empeña en olvidar
decide
vestirse de alejandrino
que es
casi como jugar al escondite
con las palabras de otros
y salir a disfrutar
de esta hipérbole
dividida en sílabas.
cuando todos duermen
posee esa insensatez
digna de quien cruza
cuando el semáforo está en rojo.
Sus promesas no riman
tiene unas manos
por las que te dejarías
encabalgar
a golpe de metáfora
y huele a soneto
como nunca
antes
lo había hecho nadie.
El chico que escupía versos
cuando todos duermen
necesita de alguna sonrisa
con la melena al viento
que le sirva de nexo
para librarse
de un asíndeton
en el que nunca pidió caer.
Harto de que sus rodillas cuenten
la historia
que se empeña en olvidar
decide
vestirse de alejandrino
que es
casi como jugar al escondite
con las palabras de otros
y salir a disfrutar
de esta hipérbole
dividida en sílabas.
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