2.6.14

3888000 segundos

Equivocarme siempre ha estado entre mis planes:
era contigo con quien no contaba.

(Pablo Benavente)


Yo siempre he sido
del tipo de chicas que pelean
por un falso amor de celuloide,
de pagar a medias la cena en el chino,
de dejarte ganar al Street Fighter
y de pensar que sus camisas te quedan 
mejor que a él.

Quizás por eso
de tanto tropezar con la misma piedra
y dejar que me hiriese
en el mismo sitio,
terminé queriéndola más 
que a mí misma.

Hasta que una noche me pillaste
desprevenida:
borrachos de cerveza y ganas,
no tuvimos más remedio que reescribirnos
para poder optar al Oscar
al mejor guión original.

Volvimos a ser niños tan pronto
como tus manos 
buscaban
mi culo
en el reservado de aquella discoteca pija.

Tú eras el buenazo
al que siempre robaban el almuerzo
en el cole,
y yo la niña de coletas
y uniforme lleno de arrugas
que se hacía la valiente ante los matones
para recuperarlo.

Esa niña a la que dabas
un beso
en la mejilla,
y era incapaz de atender a las clases
de después del recreo.

Esa niña 
que después de haberte tenido cerca
un tiempo,
ya no se fía de nadie.

El tiempo es 
demasiado relativo:
depende de con quién estés,
diez minutos 
pueden ser un siglo.

Por eso, 
supongo que debo darte
las gracias
por haberte ido:
si tengo que comerme la cabeza, 
mejor
echarle la culpa
al vino.





27.5.14

El príncipe.

El príncipe campa a sus anchas
desde Huertas a Malasaña,
dejándose la dignidad
en plena Gran Vía.

Bebe cerveza a morro,
escucha pop deprimente
y todo
lo que sabe de las tías
lo aprendió
viendo "Sexo en Nueva York".

Cuando piensa
que nada puede ir a peor
se encierra en los baños del Vía Láctea
a echar un polvo
con la primera tonta
con vestido de flores que se haya dejado
las bragas en casa.

El príncipe tiene cara de 
"nena, voy a romperte
el corazón
todos los días del resto de tu vida"
y cuerpo de haber ganado
mil guerras
en colchones de dudosa reputación.

Las ganas se le escapan 
por la bragueta,
porque nunca supe 
si tenía más de cantautor
que de problema.

Si le concedo una tregua
al compás de mis hormonas
quizás logre
cagarme en la puta
por no haberle conocido antes.

Yo antes era capaz
de bajar Carretas subida al caballito 
de cualquier desconocido,
de beber tequila sin haber cenado
y de leer a Escandar 
tras cada nuevo fracaso.

Ahora no.

Desde aquella maldita noche
en el Vía Láctea
sigo buscando mi alma
en el culo de cualquier cerveza.

Si la encuentran...
Pueden quedársela: ya no la necesito.

14.4.14

Luxación.

Se dejó morir a las 5:23
justo antes de que pasara el camión de la basura
y justo después
del último orgasmo que no supo fingir.

Justo antes
de sudar dos vidas enteras
y justo después
de fundirse la lamparita que comprasteis
la última vez que estuvisteis en el IKEA.

Era del tipo de chicas
que miraban como si ya
lo hubiesen visto todo antes y,
sin embargo,
parecía que quería huir continuamente.

Llegó a su vida
un poco antes de lo previsto,
se quitó las zapatillas en la puerta
y entró de puntillas
para no despertar en él algo
de lo que después pudiera arrepentirse.

Y es que para quitarse las lentillas,
el sujetador
y los prejuicios hacía falta esforzarse
un poco más.
Pero todo es cuestión de práctica.

El boli Bic y la cinta de cassette servían
de metáfora perfecta
a su compenetración,
generalmente después de una bronca
por haber estrujado
el tubo de pasta de dientes:

cuando uno se sale de su sitio
necesita que el otro dé vueltas sobre el mismo punto
para que todo vuelva
a la normalidad.

Como cuando te dislocas el hombro
tras un movimiento brusco.
Pues lo mismo con su corazón.

Y aun así, la chica que se dejó morir
a las 5:23
sigue dejando que la quieran.

Qué pedazo de puta.